Fue clara Von der Leyen hace unas semanas al referirse a la escalada de tensiones entre Estados Unidos e Israel, e Irán, afirmando que Europa «ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial», refiriéndose a un sistema «que ya se ha ido y no volverá». No tardaron António Costa y Teresa Ribera, presidente del Consejo Europeo y vicepresidenta de la Comisión respectivamente, en desmarcarse de esta posición y volver a la senda del multilateralismo y la defensa del derecho internacional, subrayando la importancia de que la Unión defienda sus valores fundacionales “con una sola voz”. A pesar de la unidad mostrada en apoyo a Ucrania, en gran parte explicada por la proximidad del conflicto con las fronteras europeas, este episodio confirma la ambigüedad de la política exterior europea, marcada por contradicciones constantes y competencias difusas que se acentúan en momentos de presión geopolítica como el actual.
A lo largo de su historia, las instituciones europeas han tratado de equilibrar la búsqueda de cohesión interna, una tarea cada vez más compleja a medida que aumentaba el número de Estados miembros, con una expansión de su proyección global, buscando actuar de forma unificada para afrontar los retos globales. El objetivo de este artículo es explicar las razones detrás de esta aparente debilidad de la Unión en el plano internacional, poniendo el foco en el diseño institucional que impide equiparar la ambición geopolítica de los Veintisiete con su capacidad real de actuación conjunta.
Política exterior europea: historia y competencias
Conviene empezar clarificando las competencias exteriores de la Unión, recogidas en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Estas incluyen la Política Comercial Común, la cooperación internacional, las relaciones con organizaciones internacionales y la gestión de la Unión Económica y Monetaria, pudiendo ser interpretadas y ampliadas a través de la jurisprudencia europea. Aunque el comercio exterior continúa siendo la competencia central, debido al carácter fundamentalmente económico del proyecto europeo, la diplomacia y la seguridad internacional han ido ganando peso a medida que avanzaba la integración política de la Unión.
Esta evolución se refleja en la creación de la Política Exterior y de Seguridad Común con el Tratado de Maastricht en 1992. Su posterior ampliación en competencias y cargos no ha alterado su naturaleza, ya que sigue siendo uno de los ámbitos en que los Estados prefieren mantener el poder decisorio, respondiendo más a una lógica intergubernamental que comunitaria. El Tratado de Lisboa supuso un punto de inflexión, al consolidar el marco jurídico de la política exterior de la UE. Este acuerdo redefinió sus competencias y estableció estructuras clave como el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Este cargo, actualmente ocupado por Kaja Kallas, fue creado con el objetivo de representar a la UE en foros y conferencias internacionales, con el objetivo de articular las prioridades de los diferentes países en una acción más coherente y unificada. No obstante, esta figura no puede definir una estrategia de manera autónoma, sino que depende del consenso de los Estados miembros, por lo que ejerce más un rol de portavoz que de decisor real.
Así, el proceso decisorio en política exterior sigue marcado por la unanimidad con poder de veto, a pesar de que, desde el Tratado de Lisboa, la mayoría de decisiones del Consejo se adoptan por mayoría cualificada. Esta situación responde a la reticencia de los Estados miembros a ceder soberanía en ámbitos como la acción exterior, seguridad y defensa, especialmente en estos dos últimos casos, considerados especialmente sensibles y de vital interés nacional.
Guerra de Irán y fragmentación política interna
La crisis derivada del conflicto entre EEUU, Israel e Irán ha ahondado aún más en las contradicciones existentes en la política exterior europea. En su origen destaca la dependencia de los países europeos de Estados Unidos en el área de defensa. Aunque los líderes europeos hayan exteriorizado su meta de lograr la célebre “autonomía estratégica”, la realidad es que están aún lejos de alcanzarla, y el paraguas de seguridad estadounidense continúa siendo, al menos formalmente, la principal garantía para disuadir o hacer frente a un ataque militar sobre el territorio europeo.
La credibilidad de la Comisión Von der Leyen empezó a cuestionarse tiempo atrás, al poner en evidencia el doble rasero que empleaba su gabinete para referirse a los conflictos de Ucrania y Gaza. En el caso de Ucrania, la movilización de recursos, acogida de refugiados y acción conjunta constituyeron una grata sorpresa, acallando las críticas que acusaban a la UE de ser incapaz de actuar rápidamente ante una crisis internacional de tal envergadura. En cambio, los ataques de Israel sobre Gaza, bajo el alegato de la defensa propia, excedieron el principio de proporcionalidad apenas semanas después del 7 de octubre y no generaron una reacción similar por parte de las instituciones europeas.
Esto proyectó una imagen debilitada de la Unión ante el exterior, al no ser percibida como un actor unificado ni como el defensor global de los derechos humanos, imagen que había tratado de proyectar desde su concepción. Aunque Von der Leyen haya ganado protagonismo político a lo largo de los años como cabeza de la Unión, sigue compartiendo este rol con el Presidente del Consejo, António Costa, y su liderazgo se ha visto debilitado al hacer declaraciones sin el respaldo explícito de los Estados, generando desajustes entre las narrativas europeas y nacionales.
Así, la reciente crisis en Oriente Medio ha puesto en evidencia las limitaciones institucionales de la política exterior europea, marcada por vacíos narrativos y estrategias divergentes. La UE sigue sin proyectar autonomía geopolítica ni capacidad real de influencia, actuando en la práctica más como ente coordinador de 27 políticas exteriores nacionales que como un actor unificado. Esta debilidad no es casual, sino que responde a un diseño institucional intergubernamental y a la falta de consenso político interno, tanto entre Estados miembros como entre grupos parlamentarios, reflejando la nueva era de polarización política en la que se encuentran inmersas las sociedades europeas.
Reformarse o resignarse
Volviendo al interrogante inicial, la Unión Europea podría convertirse en una potencia geopolítica firme y unificada en tiempos convulsos, pero esto requeriría reformar sus tratados para dotarle de poder real en materia exterior, superando el papel meramente simbólico que ejerce en la actualidad. Entre las medidas necesarias destacarían superar la unanimidad y el veto en política exterior, adoptando la mayoría cualificada como mecanismo decisorio; reforzar el rol del Alto Representante para Asuntos Exteriores como líder con poder ejecutivo efectivo, y avanzar en la integración estratégica y militar, con mayor coordinación y recursos militares comunes entre los Veintisiete. No obstante, estos cambios enfrentan obstáculos importantes, ya que implican ceder soberanía en áreas sensibles como la defensa y el uso de la fuerza, lo que podría generar divisiones internas y entre Estados.
De no hacer los cambios necesarios a tiempo, la UE corre el riesgo de seguir perdiendo influencia en el tablero internacional, dependiendo cada vez más de otras potencias y quedando limitada a un papel meramente reactivo. Así, la UE se encuentra hoy en un punto de inflexión decisivo que determinará su futuro. Europa debe discernir entre la pretensión de avanzar hacia una política exterior verdaderamente común o aceptar los límites de su actual fragmentación, ya que, en un mundo definido por la rivalidad entre potencias, la ambigüedad ya no constituye una estrategia pragmática, sino una vía segura hacia la irrelevancia.

